Por Carlos Alberto Montaner
V Foro Atlántico
“Cuba: de la dictadura a la democracia” Fundación Internacional para la Libertad Fundación Iberoamerica-Europa Madrid, 7 de julio de 2008
Lo que solicitan estos demócratas, y lo que se les niega mediante diversas formas de represión, incluidas la cárcel y las golpizas, es espacio para intercambiar ideas libremente, la posibilidad de hablar y publicar dentro del país, y la autorización para realizar actividades proselitistas. Aspiran, lógicamente, a participar en la vida política de la nación para poder alentar pacíficamente un proceso de transición hacia la democracia, pero hasta ahora sólo han conseguido una victoria parcial, aunque tremendamente importante: que el gobierno no haya podido aplastarlos ni silenciarlos totalmente, como sucedía en las primeras dos décadas de la dictadura. Esta limitación de la represión, en gran medida, se debe al reconocimiento internacional que han recibido los disidentes, apoyo que ha sido posible por las gestiones de los demócratas de la oposición externa, muy activos y eficaces en Estados Unidos y Europa.
La estrategia de la dictadura frente a los demócratas de la oposición interna es la misma que el KGB desplegaba en la URSS frente a los opositores: primero, penetrarlos con decenas de agentes de la contrainteligencia, y, segundo, excluirlos de la vida pública mediante el manido expediente de calumniarlos y calificarlos como agentes pagados por los Estados Unidos para que traicionen a su país. En todo caso, no se trata de un argumento serio que realmente preocupa a la población, sino de una coartada para justificar la marginación y las represalias. A partir de esa premisa, los demócratas, siempre al alcance de una paliza o de la cárcel, no pueden participar como opositores en ninguna institución -sindicatos, organizaciones de masas, parlamentos, organizaciones estudiantiles o profesionales-, y les está vedada cualquier actividad pública. La consecuencia de esta marginación es obvia: la capacidad real que tienen de impulsar la transición hacia la democracia es muy débil, pero, en su momento, serán muy importantes cuando ese periodo se alcance.
En cuanto a los demócratas de la oposición externa -que también suelen enfrentar las campañas de calumnias orquestadas por la policía política cubana y sus colaboradores, a veces acompañadas por episodios de estridente vulgaridad y violencia-, están limitados a cinco tareas esenciales que suele realizar con cierta eficacia, pese a los limitados recursos que poseen: Denunciar internacionalmente los atropellos de la dictadura. Ayudar a los demócratas dentro de Cuba proporcionándoles aliento, recursos, análisis e informaciones.
Generar apoyo internacional para respaldar el cambio.
Impedir que el gobierno cubano pueda normalizar sus relaciones con Estados Unidos o Europa sin antes amnistiar a los presos políticos y respetar los derechos humanos y civiles de los cubanos.
Estudiar y explorar las mejores vías para lograr una transición exitosa cuando llegue el momento
de los cambios.
La triste mayoría silenciosa
¿Y qué papel desempeña el pueblo llano en todo esto? Quiero decir, los diez millones de personas que no forman parte del partido comunista, ni militan en la oposición, ni son militares, agentes de la Seguridad o dirigentes medios del aparato administrativo: nada menos que esas nueve décimas partes del total del censo cubano que sobrevive como puede en medio de la vorágine nacional.
En realidad, ese pueblo llano, hoy dotado de una mínima pulsión cívica, tiene un escaso peso relativo. Ha aprendido a obedecer, aunque sólo sea aparentemente, como una forma de sobrevivir, adoptando lo que en Cuba llaman “la moral de la yagruma”, una planta cuyas hojas tienen dos caras totalmente diferenciadas. Mientras en la intimidad de los hogares o con los amigos de confianza la inmensa mayoría de ese pueblo llano critica en voz baja al gobierno, y lo califica de corrupto e incompetente, culpándolo de la miseria sin esperanzas que padece, no obstante, aplaude si se lo piden, desfila y grita consignas si lo convocan, y hace la cruz en cualquier boleta electoral que le pongan en la mano, aunque carezca de la menor convicción revolucionaria. Lo hace con la actitud mecánica y conformista, podrida por el oportunismo, de quien, para evitar males mayores, participa en un rito hipócrita vacío de cualquier contenido afectivo.
¿Sabemos lo que realmente desea ese pueblo? Sí, porque al menos ha habido dos encuestas imparciales, aunque celebradas en condiciones muy difíciles, y porque conocemos lo que pretende lograr cualquier población compuesta por seres humanos normales. Los cubanos, simplemente, en el terreno estrictamente material, quieren vivir mejor. ¿Qué es eso? Sencillo: tener viviendas mínimamente habitables, alimentarse razonablemente y con comidas variadas, poder tomar leche, comprar pan, huevos, carne o aceite sin racionamientos o precios prohibitivos, y adquirir zapatos o ropas sin tener que arruinarse. Las mujeres ambicionan cosas tan humildes como toallas sanitarias, ropa interior, sábanas, toallas, colchones, almohadas, pañales infantiles desechables, útiles de cocina. Todos quieren tener libre acceso a papel higiénico, jabones, desodorantes. Anhelan poder arreglar y pintar sus viviendas sin tener que robarse los materiales. Sueñan con ciudades en las que las cucarachas y los ratones no les disputen la vía pública a unos transeúntes que tienen que caminar entre aceras y calles destrozadas, sorteando montones de basura hedionda y pestilentes salideros de las alcantarillas. Quieren poder adquirir automóviles, y si no tienen dinero para ello, al menos poder contar con sistemas de transporte humanos, y no esos vehículos atestados por cientos de pasajeros sudorosos y disgustados por el tiempo perdido a la espera de unos autobuses que parece que no llegan nunca.
¿Qué hace el gobierno para mitigar las infinitas necesidades materiales de una población, en general, sin grupos sociales medios, que vive como los sectores pobres de América Latina? Hace dos cosas: o silencia las quejas y las deficiencias y reitera el cínico discurso contra el consumismo occidental, o le entrega a la población dos sofismas políticos complementarios. Le dice (y ya nadie lo cree) que “la culpa es del bloqueo yanqui”, y le asegura que, pese a los síntomas, los cubanos viven en el mejor de los mundos posibles, porque, si no fuera por la revolución, la sociedad padecería una miseria como la haitiana y la población sería esclavizada por los norteamericanos o por los crueles cubanos exiliados -la mafia de Miami- que regresarían cuchillo en mano a sojuzgar a sus compatriotas y a echarlos de sus viviendas. Simultáneamente, una y otra vez el gobierno les recuerda a los cubanos que, también gracias a la revolución, hoy el país cuenta con una masa notable de personas educadas y con acceso a un extendido (aunque muy precario) sistema de salud.
El pueblo llano, ¿cree, realmente, estas patrañas? Probablemente no, pero, con toda seguridad, esas campañas propagandísticas, repetidas hasta el cansancio por los medios de comunicación, sí han conseguido elevar el nivel de ansiedad de la población (especialmente entre los mayores de 60 años) ante ese eventual cambio de modelo económico que el país desea ardientemente, pero, al mismo tiempo, teme, porque su realidad material es muy endeble y carece de excedentes para afrontar lo desconocido con un mínimo de seguridad. Esa población, pues, sufre las consecuencias de un gobierno que ha sacrificado tres generaciones de cubanos y ahora se dedica a envenenarle la posibilidad de un futuro mejor. Eso, en parte, explica su parálisis, pero, aún en la mayor incertidumbre, no hay duda de que el pueblo llano anhela unas reformas profundas y definitivas que lo saquen de la miseria en la que vive.
Hugo Chávez forma parte de la ecuación.
El venezolano Hugo Chávez también forma parte de la ecuación cubana. En diciembre del 2005 Carlos Lage dijo en Caracas que Cuba tenía dos presidentes, Hugo Chávez y Fidel Castro. Inmediatamente, y sin demasiada discreción, se crearon comisiones para comenzar a dar pasos en la dirección de confederar ambos países ajustando sus legislaciones, pero tuvieron que abandonar esos planes unos meses más tarde cuando el Comandante se enfermó. Ya nadie dice que Cuba tiene dos presidentes, Raúl Castro y Hugo Chávez, y mucho menos que Raúl Castro es también el presidente de Venezuela, pero las relaciones entre los dos países son muy intensas y no hay duda de que gravitan sobre el futuro cubano.
Como suele decirse en los guiones de los cómicos más socorridos, Chávez le trae a Raúl Castro una noticia buena y otra mala. La buena son los algo más de cien mil barriles diarios de petróleo (que acaso le permiten reexportar a Cuba entre quince y veinte mil), más los créditos para adquirir productos venezolanos. ¿Cuánto alcanza ese subsidio disfrazado de intercambio? Probablemente entre tres y cuatro mil millones de dólares anuales, una cantidad inmensa si se toma en cuenta el tamaño de la economía venezolana y el escaso volumen de las exportaciones cubanas.
¿Por qué Chávez ha puesto la tesorería venezolana al alcance de las ilimitadas necesidades de la incompetente economía cubana? Porque la asociación con Cuba le proporciona varios elementos clave para sostenerse en el poder:
La colaboración muy eficaz de los servicios cubanos de inteligencia, que lo mantienen informado de lo que sucede en todos los niveles de la estructura del poder y de la oposición en Venezuela.
Los médicos y personal sanitario cubano para las misiones, dedicados a reclutar la clientela política del chavismo.
La creación de un marco de apoyo internacional al chavismo forjado de acuerdo con la vieja técnica de orquestación mundial de la solidaridad revolucionaria que los cubanos aprendieron cuidadosamente de sus maestros soviéticos.
Sin embargo, la mala noticia para Raúl Castro es que Chávez es el continuador del espasmo imperial tercermundista que afectó a Cuba durante medio siglo. Chávez y Fidel deliran en la misma frecuencia, padecen del mismo tipo de mesianismo, y entre el año 2002 y el 2004 ambos llegaron a la peregrina conclusión -esbozada por el canciller cubano Felipe Pérez Roque en Caracas en diciembre del 2005- de que el eje Habana-Caracas debía asumir paladinamente la defensa del “socialismo del siglo XXI” y reemplazar al Moscú decadente y traidor que había abandonado el objetivo de liberar a la humanidad de las cadenas del opresor capitalismo occidental acaudillado por Estados Unidos.
Así las cosas, al asumir la relación con Hugo Chávez, Raúl Castro obtiene, por una punta, como activos, los recursos que necesita para aliviar la situación económica del país, pero, por la otra, también debe afrontar un enorme pasivo: el costo que significa continuar atado a un proyecto político delirante, anacrónico y condenado al fracaso, que no es más que una nueva versión, menos sangrienta, del que consumió inútilmente las primeras cuatro décadas de la revolución cubana.
Cuando muera Fidel -padre putativo de Chávez-, ¿qué va a pesar más en el ánimo de Raúl Castro, el suministrador de petróleo y créditos vitales, o el generador de pleitos inútiles, abanderado de causas absurdas defendidas con ideas equivocadas? Cualquiera de las dos opciones tiene un alto costo y un peligro. Si abandona a Chávez pierde ingentes cantidades de recursos y se expone a que los residuos del fidelismo nostálgico conspiren de la mano del venezolano. Si permanece encadenado al socialismo del siglo XXI y al guirigay tercermundista antioccidental, jamás conseguirá sacar a la Isla de la situación en que se encuentra postrada y no podrá legarles a los cubanos (ni a su familia y partidarios) un país sosegado y normal, como afirman que promete a su círculo más íntimo y sensato cuando les revela sus planes y visión de largo plazo.
Estados Unidos: un asunto de política interna.
Qué duda cabe de que Estados Unidos es un elemento muy importante en el acontecer cubano. Así ha sido, al menos desde fines del siglo XVIII, seguramente como consecuencia de la cercanía entre ambos países. En todo caso, lo probable es que la transición cubana comience a ocurrir durante el mandato del cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos, ya sea éste el demócrata Barack Obama o el republicano John McCain, lo que incrementa el peso de Washington en la actual circunstancia cubana.
¿Tiene mucha importancia que gobiernen los demócratas o los republicanos para las relaciones entre los dos países? Tal vez menos de lo que pueda suponerse. La ley Torricelli, que endurecía el embargo, fue firmada en 1992 por el primer George Bush, republicano. Y la ley Helms-Burton, que lo endurecía aún más, fue firmada por el demócrata Bll Clinton en 1996. Durante la campaña electoral, los dos candidatos ya han establecido sus vínculos con los grupos de exiliados y lo probable es que en ningún caso se producirá un brusco viraje estratégico en el diseño de la política estadounidense hacia Cuba. Ninguno de los dos partidos siente la menor urgencia de modificar una política con la que han vivido casi medio siglo. Tanto demócratas como republicanos tienen un objetivo muy claro relacionado con el tema cubano: contentar a la mayoría de los votantes procedentes de esta etnia -algo muy importante en un estado como Florida, ganado en el año 2000 por los republicanos por 586 votos-, y, si se produjera otro episodio de tensión entre los dos países, evitar el éxodo masivo de cubanos hacia Estados Unidos.
La medida para lograr el objetivo seducir a los votantes cubanoamericanos es muy sencilla, como demuestran todas las encuestas: presentar una política de firmeza frente al gobierno de los Castro, objetivo en el que ambos candidatos coinciden en lo fundamental, aunque puedan discrepar en algunos detalles menores, como sucede con el de la frecuencia de los viajes de los cubanos residentes en Estados Unidos a la Isla. En todo caso, la visión de fondo de los policy makers de los dos partidos también coincide en el diagnóstico sobre qué es lo que le conviene a Estados Unidos que suceda en Cuba: que se produzca una transición ordenada y pacífica hacia la democracia, y que la Isla genere suficientes riquezas para sostener a sus habitantes sin que tengan que recurrir a la emigración.
Afortunadamente, ya son muy pocos los políticos norteamericanos que creen que la mejor manera de defender los intereses de los Estados Unidos es contar con gobiernos de mano dura en el vecindario, lo que hoy los hace rechazar la cínica proposición de aplaudir en Cuba el paso de una dictadura antiamericana a otra más o menos similar, pero con buenas relaciones con Washington, capaz de mantener un fuerte control sobre los cubanos para evitar la emigración clandestina a la Florida o el uso de la Isla como una plataforma para el envío de narcóticos a Estados Unidos.
Una política de apaciguamiento y contemporización con una “dictadura comunista buena” lo único que conseguiría sería aplazar el problema, no resolverlo. La lección aprendida a lo largo del siglo XX es que, precisamente, la estrategia de pactar con “our son of a bitch” (Batista, Somoza, et al), fue lo que provocó la posterior aparición de Castro en Cuba y del sandinismo en Nicaragua, y la causante de innumerables y legítimas críticas a Washington, aunque no deja de ser paradójico que la misma izquierda que antes criticaba a los norteamericanos por tener buenas relaciones con las dictaduras de derecha, ahora los critica por no querer tenerlas con las tiranías comunistas.
¿Qué haría Estados Unidos si Raúl Castro, o quienes le sucedan en el poder, intentaran movilizarse en dirección de un cambio real de sistema? Sin duda, ayudarían, tenderían la mano y favorecerían esta evolución. Harían lo que hizo Ronald Reagan cuando advirtió que Mijail Gorbachov se tomaba en serio la perestroika y el glasnost. Con bastante agilidad, el viejo actor convertido en presidente, quien llegó al poder decidido a enfrentarse al “eje del mal”, desarrolló unas relaciones cordiales son su homólogo soviético, facilitando la distensión y las buenas relaciones entre los dos países, luego perfeccionadas durante la presidencia de George Bush (padre).
En el caso de Cuba, con una economía tan pequeña y frágil como la que tiene el país, y dadas las implicaciones políticas internas que poseen los asuntos cubanos en Estados Unidos, no hay duda de que Washington levantaría el embargo a corto plazo, proporcionaría ayuda copiosa para encarrilar la transición, y buscaría el respaldo de otros grandes actores internacionales para facilitar el paso hacia la democracia y la prosperidad. Obviamente, nada de esto tendría sentido si se prolonga la dictadura actual, o si el gobierno cubano trata de adaptar a la Isla el modelo chino o vietnamita para prorrogar la autoridad y los privilegios de la clase dirigente. En ese caso, en Estados Unidos no existen incentivos razonables para contribuir a la consolidación de ese sistema, ni habría el menor estímulo por tratar de cambiar la política norteamericana hacia Cuba.
Nadie puede lograr sus objetivos.
La ironía del caso cubano es que ninguno de los factores principales de este drama puede lograr por sí solo sus objetivos.
Fidel Castro no conseguirá, tras su muerte, la supervivencia de su régimen comunista dedicado a la lucha internacional contra Estados Unidos y el capitalismo occidental. Cuba, sencillamente, no puede seguir siendo una reliquia de la guerra fría, dotada de una antiquísima visión soviética de las relaciones internacionales. Cuba no puede ser, con carácter permanente, la excepción marxista-leninista en un planeta en el que esa opción dejó de tener vigencia.
Raúl Castro no podrá transferir su inmenso poder al Partido Comunista, fracasará en su intento de crear un mecanismo estable y predecible para transmitir la autoridad, y le será imposible calcar los modos de producción de China y Vietnam, generando con ello una terrible frustración en una sociedad que posee unas altísimas expectativas de mejorar sus formas de vida bajo su mandato.
Los reformistas dentro del aparato de gobierno, aunque sean la inmensa mayoría, no podrán controlar el poder y hacer los cambios que la sociedad desea para salir de la miseria y la incertidumbre en la que vive el país. Llevan demasiado tiempo arrodillados y aplaudiendo y están dominados por la capacidad de intimidación de la cúpula dirigente.
El pueblo llano -esos diez millones de cubanos de una población de algo más de once- tampoco es un factor del que podemos esperar una actuación desencadenante de una verdadera transición. El estado anímico que prevalece en el país es una combinación entre la indiferencia, la desesperanza y el “sálvese el que pueda”, es decir, la receta perfecta para la parálisis colectiva. El pueblo llano aprendió a no creer en el gobierno ni en la oposición, y sospecha de todo discurso político y de toda construcción teórica. Su principal objetivo, tal vez su único objetivo, es resolver, vivir mejor. Por eso, su norte suele ser, precisamente, el norte.
Los demócratas de la oposición tienen un peso específico más moral que real. El hecho de que no figuren en ninguna de las instituciones oficiales y de que les esté vedado el contacto con las masas, provoca que no puedan poner en marcha ningún proceso de cambios, aunque la labor que realizan y los inmensos sacrificios que hacen -en los que a veces pierden la vida- sí fomenta la atmósfera para que, en su momento, llegue la ansiada transición.
Hugo Chávez no parece ser un factor destinado a una larga vida política en América Latina. Su peso internacional depende del precio del petróleo, no de sus virtudes personales ni de su ejemplo como gobernante. La alianza que mantiene con los gobiernos de Bolivia, Ecuador y Nicaragua es muy precaria. Su propia autoridad sobre los venezolanos se debilita progresivamente, como se demostró en el referéndum de diciembre de 2007. Las encuestas reflejan la existencia de un chavismo duro que apenas alcanza el 17% del censo, al que se suma otra zona de apoyo, más blanda, aproximadamente de las mismas proporciones: o sea, apenas lo respalda un tercio de los venezolanos. Su sueño de convertir al eje Caracas-La Habana en el reemplazo de Moscú con el socialismo del siglo XXI se va desmoronando poco a poco. Chávez, además, no tiene influencia en Cuba. Es al revés: él es un prisionero-cliente de los muy eficaces servicios de inteligencia que le proporciona el gobierno cubano.
Estados Unidos tampoco tiene cómo acelerar los cambios en Cuba, pero, a la espera de la circunstancia propicia, lo más prudente sigue siendo mantener la estrategia de contención que ya le dio resultado durante la guerra fría frente a la URSS:
Ayudar a los demócratas de la oposición interna y externa, como en su momento hicieron con los disidentes del bloque del Este, para que no sean barridos por el aparato totalitario y puedan servir al país cuando llegue el momento de la transición. Mantener las transmisiones de Radio y TV Martí para que la población de la Isla tenga acceso a informaciones objetivas sobre la realidad contemporánea frente a la propaganda incesante del totalitarismo.
Forjar lazos con la Unión Europea y Canadá para presentar un frente común ante la dictadura que presione en dirección de los cambios democráticos y el respeto por los derechos humanos.
Ofrecerles ayuda generosa a los cubanos para cuando llegue la “hora cero”, de manera que la población pueda estar segura de que sus condiciones de vida van a mejorar sustancialmente desde el momento en que comiencen los cambios.
El desenlace.
¿Cómo terminará la larga era del castrismo? Mi pronóstico es que, tras la muerte de Fidel, Raúl Castro, o sus sucesores -dado que Raúl es un anciano de 77 años-, ante el continuado desastre material del país, ya sin legitimidad y carentes del aura protectora que proporcionan los dictadores carismáticos -desde Franco a Trujillo, pasando por el paraguayo Stroessner-, como sucedió en Europa del Este, y aún en la España post-franquista, se verán obligados a afrontar el inapelable desmantelamiento de un sistema disparatado en el que ya nadie cree. En ese momento, quien ocupe el poder en La Habana tendrá ante sí dos opciones:
La primera, abrir el juego democrático ampliando los márgenes de participación a toda la sociedad, incluidos los demócratas de la oposición, como, grosso modo, ocurrió en Europa, aun a sabiendas de que a medio o largo plazo perderán el poder, aunque ya saben que hay vida después del comunismo, como se ha comprobado hasta la saciedad.
Y la segunda, hacer eso mismo, pero reservándose el control de las Fuerzas Armadas para tutelar el proceso de cambios, como garantía de que no se producirán revanchas, tal y como sucedió en Nicaragua tras la derrota de los sandinistas o en Chile cuando Pinochet perdió el referéndum.
¿Qué sucedería si no ocurre nada de esto y el gobierno opta por mantener el poder por la fuerza, en medio del descrédito del sistema y de la inconformidad casi total de la población? Tal vez, entonces el desenlace será violento e incontrolable. Un día, probablemente en los cuarteles, un grupo de hombres armados intentará iniciar a tiros los cambios que el gobierno, actuando irracional y cobardemente, se negaba a afrontar. A partir de ese momento, cualquier cosa podrá acaecer, incluido el temido y evitable baño de sangre que no se merecen los pobres cubanos tras tantas décadas de sufrimiento y frustraciones. Esperemos que, al menos por una vez, los cubanos actúen razonablemente.